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Un pastor cuidaba un rebaño en las afueras de un pueblo.
Todos los días salía con sus ovejas y pasaba largas horas en el campo.
Como se aburría, un día decidió hacer una broma.
Grabó un mensaje de voz y lo envió al grupo del pueblo:
—¡Lobo! ¡Hay un lobo con las ovejas!
En pocos minutos comenzaron a llegar respuestas.
¿Dónde?
¿Estás seguro?
¿Necesitás ayuda?
El pastor se rio y no contestó.
Al día siguiente volvió a hacerlo.
—¡Lobo! ¡Esta vez es verdad!
Algunos vecinos dejaron lo que estaban haciendo y fueron hasta el campo.
Cuando llegaron, encontraron al pastor riéndose.
—Era una broma.
Los vecinos regresaron furiosos.
—La próxima vez —le advirtieron—, nadie va a venir.
El pastor prometió que no volvería a hacerlo.
Pasaron varios días.
Una tarde, mientras estaba con las ovejas, escuchó un ruido entre los árboles.
Después otro.
Las ovejas comenzaron a inquietarse.
El pastor miró hacia el monte.
Había un lobo.
Sacó el teléfono y escribió rápidamente:
¡LOBO! ¡AYUDA! ¡AHORA ES DE VERDAD!
Envió el mensaje.
Aparecieron dos tildes.
Nadie respondió.
Volvió a escribir.
Nada.
Entonces corrió hacia el pueblo.
Cuando llegó, encontró a los vecinos reunidos alrededor de una mesa.
—¡El lobo! —gritó—. ¡Está atacando a las ovejas!
Todos levantaron la cabeza.
—¿Otra vez?
—¡No! ¡Esta vez es verdad!
Nadie se movió.
El pastor intentó explicar.
Contó lo ocurrido.
Insistió.
Juró.
Pero nadie sabía qué creer.
Entonces una mujer sacó su teléfono.
—Esperá.
Buscó el grupo del pueblo.
Allí estaban los mensajes del pastor.
Los viejos y los nuevos.
Los vecinos los leyeron en silencio.
Después de unos minutos, uno de ellos dijo:
—El problema no es que hayas mentido dos veces.
—¿Entonces?
—Que ahora tenemos que decidir si creemos un mensaje porque es verdadero o porque estamos acostumbrados a recibirlo.
El pastor volvió corriendo al campo.
Por suerte, el lobo ya se había ido.
Las ovejas estaban juntas, asustadas, pero enteras.
Esa noche, el pastor abandonó el grupo del pueblo.
A la mañana siguiente creó otro.
Se llamó:
“Mensajes que conviene creer.”
Nadie quiso entrar.
Moraleja: Cuando la mentira se vuelve costumbre, la verdad pierde la urgencia.






