5
El Zorro era famoso por su astucia.
Pero un día descubrió algo que lo preocupó mucho.
Había zorros más astutos que él.
Entonces decidió convertirse en el zorro más admirado del bosque.
Comenzó a contar sus hazañas.
Después empezó a exagerarlas.
Pronto aseguró haber engañado a tres cazadores, vencido a un perro y escapado de una trampa que nadie había visto.
Los animales lo escuchaban con atención.
Algunos lo admiraban.
Otros dudaban.
El Zorro estaba encantado.
Cada mañana necesitaba una nueva historia.
Hasta que una tarde, mientras contaba que había atravesado un río sobre la cabeza de un cocodrilo, una Ardilla preguntó:
—¿Es verdad?
El Zorro se quedó callado.
—Bueno… no exactamente.
—¿Entonces?
—La historia es buena.
La Ardilla pensó un momento.
—Sí.
Y se fue.
Al día siguiente, nadie le preguntó al Zorro por sus aventuras.
Tampoco al siguiente.
Ni al otro.
Entonces comprendió algo terrible:
Había pasado tanto tiempo tratando de parecer interesante que ya no recordaba qué cosas le habían parecido interesantes antes de empezar a contarlas.
Se internó solo en el bosque.
Caminó durante horas.
Al caer la tarde encontró una pequeña laguna.
Se quedó mirando su reflejo.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentó parecer más valiente, más inteligente ni más extraordinario.
Solo era un zorro mirando el agua.
Y, para su sorpresa, eso le alcanzó.
Moraleja: Cuando uno necesita parecer extraordinario todo el tiempo, corre el riesgo de olvidarse de ser alguien.






